jueves, 5 de noviembre de 2015

La Cumbre Escarlata

Crítica publicada el día 4 de Noviembre en El Sol de Mazatlán y compartida por ADN Morelos el día 5 de Noviembre.

Si hay alguien en la actualidad que posee pasión por sus proyectos, amor, creatividad e imaginación en la concepción y desarrollo es el director mexicano Guillermo del Toro. Su filmografía es fiel a sí mismo, a intereses y experiencias, donde la fantasía, aventura, insectos, dispositivos mecánicos, fantasmas, se encuentran y combinan. Ya sea en su trabajo en español o en Hollywood, del Toro se ha convertido en director de culto a nivel mundial. Quizás últimamente sufra en taquilla, Pacific Rim, encantó a los espectadores cuando ya se había estrenado en pantalla y el reconocimiento en salas vino fuera de Estados Unidos. El arte del director (porque es lo que hace) está de regreso con La Cumbre Escarlata, en inglés Crimson Peak.

Edith Cushing (Mia Wasikowska) puede ver fantasmas, tras una advertencia de su finada madre, ella crece para convertirse en una aspirante a escritora sin mostrar interés en el ambiente socialite Neoyorkino en donde ha crecido. Pronto, aparece un misterioso hombre proveniente de Inglaterra llamado Thomas Sharpe (Tom Hiddleston) y su hermana, Lucille Sharpe (Jessica Chastain). Tras enamorarse, Edith sigue a su ahora esposo al hogar de éste en la cima de una montaña de arcilla, un lugar lleno de secretos y sombras.



Por allí existe la publicidad engañosa, de la cual no tiene la culpa el autor sino el departamento de Marketing, el tráiler muestra algo muy distinto a lo que es, por eso a través de redes sociales y entrevistas el director se la ha pasado repitiendo una de las primeras líneas de la película “no es una historia de fantasmas, es una con fantasmas”; por otra parte, también se ha leído que es la “obra cumbre del director”, hay que tener mucho cuidado en cómo se elevan las expectativas de las personas, pueden llegar a decepcionar y derrumbar futuros proyectos de un gran artista. No, no es lo que el tráiler muestra, no es tan terrorífica y no, no es la obra maestra, pero sí es un gran trabajo. 

Del Toro explora varias vertientes en la naturaleza humana, aspectos sobrenaturales, así como diversos géneros y otras inspiraciones provenientes de una cultura pop de una región o incluso mundial, por ejemplo, en un México en donde la cinematografía era deficiente y poca, se atrevió a contar una historia vampírica en Cronos; con El Espinazo del Diablo nos trasladó a una atmósfera Rulfiana; El Laberinto del Fauno nos lleva a una realidad perversa en la Guerra Civil de España liada en fantasía también un tanto perversa; con Pacific Rim experimentó acción y ciencia ficción al mostrarnos los kaijus de la cultura japonesa, que ya conocíamos gracias a Godzilla,  y a quienes les dio otro protagonismo. En fin, Guillermo es fanático de diversas cosas, y quiere dejar su visión.



En La Cumbre Escarlata explora el romance gótico que hemos leído en poemas de Edgar Allan Poe, en Rebecca, Jane Eyre - como el mismo director lo ha dicho -  o Frankenstein. Elementos que ya no se ven en pantalla, dicho género fue echado al olvido y posee una estructura clásica, una estela de lo que fueron los romances antiguos. La Cumbre… es una historia sencilla y maquiavélica cuya ejecución es buena, resulta más que evidente que su intención es mostrar. En dos horas pasamos por una serie de sin sabores dulces, cómicos, románticos, amores prohibidos y siniestros, arrepentimiento, violencia. Es cuando aprecias que la cinta no es lo que muchos esperaban, es una sorpresa en muchos sentidos visuales y melodramáticos (hasta los créditos finales tienen su nivel de compromiso unísono). Así pues, la trama es fácil de segmentar, pronto te encuentras visualizando una cinta que hace un homenaje a filmes de época pasada como El Gabinete del Doctor Caligari (1920), Nosferatu (1922), El Fantasma de la Opera (1925) y que a la vez toma elementos personales del director (Guillermo ha confesado en entrevistas pasadas que percibía presencias en su casa cuando era pequeño). La atmosfera tiene un aire añejo y podría ser por unos vapuleada y no entendida por muchos, pero dentro de un tiempo será de culto, los filmes con marca Del Toro envejecen bien. La cinta es elegante y los aspectos técnicos como en vestuario, maquillaje, decorados, dirección artística, música y fotografía – resulta difícil olvidar ese hermoso fotograma de Lucille bajando las escaleras rumbo al final- hacen que posea una exorbitante carga de belleza tradicional, así como en lo que pudiera parecer grotesco. Ojo a la casa, tiene personalidad propia, es el ambiente lo que hace mayor eco durante la duración.

Mia Wasikowska (a manera muy personal: siempre la he encontrado impávida, aquí luce atrayente, hermosa y dulce) es la protagonista y su antagonista es Jessica Chastain (fascinante). En constante simbología, se contraponen, una es la mariposa y la otra la polilla, una es luz y otra es obscuridad. Quizás en algún momento una más difusa que la otra, pero representan amor. La figura femenina es muy fuerte en esta cinta, son las que dictaminan el camino, poseen poder, salen adelante en una sociedad marcada por estereotipos (Edith tratando de publicar su libro), los hombres como Tom Hiddleston y Charlie Hunnam (ambos brillantes), funcionan de apoyo, sin embargo, ellas son las heroínas o antiheroínas en la historia (algo que, irónicamente, Edith perseguía).



Ahora bien, otros acompañantes que vemos en la cinta son los fantasmas personificados por Doug Jones y Javier Botet con una estética visual diferente y acertada (hay un auto homenaje a El Espinazo del Diablo); siguiendo el ejemplo del director, habrá que spoilear que los fantasmas se encuentran para acompañar a Edith y advertir, nunca dañan, son fantasmas inofensivos, los monstruos llegan a ser otros.




El film es impecable en estética, y su mérito recae en arriesgarse y revivir el hermoso pasado de lo gótico. Si la cinta es incomprendida, no es que el autor haya perdido estilo o se repita, quizás tampoco del espectador, sino es resultado de una vida moderna, ágil e incluso faltante de idilio. 


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